domingo, 26 de diciembre de 2010

Pedro Santana – Puesto militar de Sombrero, 35K zigzagueando entre la belleza y la miseria


Hoy nos levantò el Sargento Mayor Angomás Ogando, esta vez ya no me espanté. Pero ahora venia lo duro: tirarse esa agua que si en Las Matas estaba fría, aquí estaba que metía miedo.
Luego de bañarme corrí a enrollarme en las sàbanas por unos minutos para calentarme. Nos pusimos la ropa de combate y alistamos nuestras mochilas.
Antes de salir a ruta disfrutamos de un nutritivo desayuno que el teniente coronel Plinio Cuevas Terrero, con su siempre marcada hospitalidad y amabilidad, había dispuesto que se nos preparara. El comandante Cuevas a nuestra llegada nos prometió tratarnos como a sus hijos, y yo creo que nos trato aun mejor. En todo momento se preocupo de que nos sintiéramos a gusto. Al salir nos despidieron todos los miembros de la fortaleza.
La belleza de esta zona explotó con los primeros rayos de sol en un amanecer lleno de colores, enmarcado de montañas y un cielo azul. Era increíblemente hermosa la vista del poblado de Pedro Santana, allá abajo, cubierto de nubes. Quien nos diría que esta era una zona tan hermosa.
A las 8:15am llegamos al puesto militar de El Cuatro, en el poblado de Las Caobas. Hasta aquí nos estuvieron acompañando los jóvenes Menlir García y Ronald Pérez, estudiantes universitarios y lideres juveniles de la comunidad de Pedro Santana. También hasta este punto nos estuvo acompañando el cabo Soto Vicioso, el cual fue relevado por el cabo Billy Beltré Encarnación, quien nos estaría acompañando al siguiente puesto.
A las 11:50am y con alrededor de 16 kilómetros recorridos, llegamos al puesto de El Corte. Este puesto esta ubicado en las proximidades de un poblado haitiano, pues la carretera es la misma barrera de delimitación territorial. Es curioso ver como las casas están dispersas en la orilla de la carretera, pero únicamente del lado haitiano. Del lado dominicano solo estaà el imponente puesto militar. El poblado esta habitado por personas dóciles, no problemáticas, que conviven en perfecta armonía con los militares. Nos sorprendió la fluidez con la que el raso Arnó Mora, nuestro nuevo acompañante, hablaba el creol, así como el buen trato con que se conducía con las personas del lado haitiano.
El trayecto se tornaba cada vez más bello. Tanto el tipo de vegetación como el clima iban cambiando a medida que avanzábamos. Si bien cuando el sol alcanzó su punto de mayor esplendor desapareció el frío de la mañana, nunca hizo un calor sofocante.
No se quien fue el bárbaro que se le ocurrió difundir la idea de que la carretera internacional atravesaba por el mismo infierno. Por eso es que no es bueno hablar de lo que solo se conoce por boca de otro.
Algo que si nos impresionó mucho fue la marcada diferencia de cobertura vegetal que existe entre las montañas del lado haitiano y aquellas del dominicano. Es increíble la fácil que es diferenciar, a simple vista, ambos territorios. De nuestro lado existe una cobertura boscosa, que si bien no es la mejor, cuenta con árboles que protegen las montañas de la erosión y nutren a los ríos de la zona de un flujo constante de agua. Mientras que en las montañas de la parte haitiana se evidencia una casi absoluta depredación de los árboles, quedando viéndose solo algunos arbustos que se confunden con diversas variedades de pastos que cubren la superficie de las montañas. Por fortuna se están propulsando proyectos de reforestación, que encienden una luz de esperanza en esta tan deprimida zona de la isla.
Cuando teníamos en torno a 20 kilómetros recorridos, nos encontramos con un árbol a la orilla del camino, muy famoso en esta zona: la Ceiba de Alcántara. Esta legendaria y enorme planta se cuenta que fue utilizada en los tiempos de la dictadura de Trujillo para ahorcar y fusilar delincuentes y opositores. Se pueden percibir en su grueso tronco una inmensa cantidad de cicatrices, las cuales parecerían ser producto de impactos de bala. De cierto esto, en el tronco de esta planta se mezclo la sangre de los héroes y los delincuentes.
El viento soplaba, y su frío nos hacía recordar que el día no es eterno y que la noche ya estaba cerca. En los últimos 10 kilómetros tuvimos que apresurar la marcha, pues no queríamos que los últimos rayos del sol se despidieran de nosotros aun en el camino. Además todo indicaba que esta sería otra noche de frío intenso.
Al llegar al puesto de Sombrero, tras recorrer más de 35 kilómetros, del sol que nos acompaño todo el día, solo quedaba el reflejo del atardecer. Eso si, un atardecer tan bello como pocos he visto. Un cielo azul brillante, salpicado de nubes rojizas y rosadas enmarcado en montañas ya no tocadas por el sol. Fue simplemente hermoso, parecía como si se tratase de una fotografía con mil efectos, pues uno no se imaginaba que esas cosas se puedan ver así al natural.
La noche fue buena, y es que era precisamente 24 de diciembre, día de Noche Buena. Fue la primera vez que estábamos lejos de nuestras familias en esta tan importante flecha. Pero lo mas triste es que no había forma de comunicarnos con nuestros seres queridos para decirles que estábamos bien y para desearles buen provecho y una feliz navidad.
Pero no nos quedamos sin cena, pues los miembros de la 3ra Brigada del Ejercito Nacional nos prepararon con mucho cariño una sabrosa cena, con todas las de la ley. Tampoco estuvimos sin familia ya que un grupo de efectivos se trasladò hasta el despoblado y lejano puesto de Sombrero para compartir con nosotros, todos como una feliz familia, la cena de Noche Buena. En esa importante noche compartimos con el primer teniente Maximiliano Valenzuela (Chino), el segundo teniente Confesor Contreras (Moreno), el sargento mayor José Antonio Pérez y Pérez, el sargento Ramírez Meran, y el raso Arno Mora, quienes de verdad nos hicieron sentir en familia. Fue muy lindo ver como ahí, en medio de la nada, nos alcanzo la magia de la navidad. Creo que será la cena de noche buena más inolvidable que jamás tendré.

1 comentario:

Idel Moro dijo...

los acompaño desde aqui, suerte!